lunes, 1 de septiembre de 2008

Para todos los que las han terminado y para los que las empiezan.... un pokito de humor....





Hoy quiero hablaros de las vacaciones. Las tan, a veces
esperadas, vacaciones. Porque seamos sinceros, nos pasamos el año trabajando
pensando en cuando lleguen las dichosas vacaciones. Claro que no contamos con
los niños. Todo el año esperando que lleguen las vacaciones para descansar, y
zas, se adelantan los niños, que las cogen antes que tú; y esa paz que reinaba
en tu casa cuando estaban en la escuela, que acababas de comer, y te quedabas un
poco traspuesto en el sillón echando la cabezadita... Y ahora, jódete; cuando
empiezas a quedarte un poco dormido, llega el niño poniendo la “pley”, o
peleándose con el hermano, y se acabó el descanso. Bueno, siempre te queda el
recurso de que los puedas mandar a una escuela de verano, o a la piscina, y te
dejen unas horas de descanso. Y luego está la tele en verano, que si el resto
del año es una basura, imagínense en verano, con lo mal que huele la basura
cuando hace calor. Los de la tele cuando se van de vacaciones, deben de dejar a
la mujer de la limpieza para que ponga las cintas de video, porque la verdad, es
que no vemos más que reposiciones. Coño, si por no haber, no hay ni noticias.
Las únicas noticias que vemos, es el calor que hace, los coches saliendo de
vacaciones y los pobres inmigrantes en las pateras cruzando el estrecho. Que
para mí que están grabadas también, eh. De todas formas, el momento más esperado
de las vacaciones, es cuando te vas a la playa, bueno o al camping o la piscina.
Pero digo la playa, porque es dónde la mayoría de los españoles escogemos para
pasar unos días de vacaciones. Todos los años la misma historia. Has hecho una
lista de las cosas principales, y las vas repasando. Las sillas, las sombrillas,
la radio, el secador, las raquetas para jugar en la playa, la suegra... ¡Coño,
quien ha puesto aquí a la suegra!. Seguro que ha sido mi mujer. Resulta que el
año pasado, llevabas el maletero a tope, con los niños en el asiento de atrás
peleándose, y sin aire acondicionado; y llegabas después del viaje más quemado
que una falla en el sáhara. Entonces, decías: “el año que viene nos compramos un
coche más grande, y con aire acondicionado”. Y te lo compras. Te compras un
monovolumen, y dices: “buah, este maletero no le llenamos ni soñando”. Pues
despierta. Saca una plaza más del monovolumen, y verás el maletero que te queda.
Eso si, los niños ya no se pelean. Ahora eres tú el que va todo el camino
peleándose con la suegra. Y has puesto el aire, si; pero con la discusión te has
acalorado tanto, que ni lo notas. Por fin has llegado a la costa. Que por
cierto, ¿por qué le dicen costa?. No será porque unos pocos viven “a costa” de
los que pasamos las vacaciones en verano. Bueno, como decía, ya estamos en la
playa. Piensas, ¡qué paz!, ¡qué relax!. Y te tiendes en la toalla, no sin antes
haberte embadurnado de crema protectora, que si no luego te achicharras y
pareces un cangrejo. No has hecho más que tumbarte, y ¡zas!, pasa un niño
persiguiendo a otro, y te ponen todo perdido de arena. Que bonito te han puesto,
ahora pareces una croqueta, todo rebozado. Claro la arena se ha pegado a tu
piel, porque la tienes toda pringosa de la crema que te echaste. Así que no te
queda más remedio que meterte en el agua para quitarte el rebozado. ¿Y qué te
encuentras en el agua?. ¡Una ballena varada!. No, es tu suegra que le ha dado un
revolcón una ola, y la pobre mujer no puede incorporarse. Tratas de ayudarla,
pero entre su peso, y la ola que golpea por detrás, ¡zas!, caes encima de ella.
A esas alturas, te imaginas que toda el mundo a tu alrededor que ha visto la
escenita, se está descojonando; así que la levantas rápidamente, y te alejas de
allí a dar un paseo. Esto ya es otra cosa. Que vistas. Los barcos en el
horizonte. Las montañas a lo lejos. El chiringuito. La rubia que está tendida.
¡Coño, que rubia!. ¡Cómo está la tía!. Es que no te la puedes quitar de la
cabeza. ¿Qué no?. ¡Pom!, un pelotazo en la cabeza de los niños que estaban
jugando con las raquetas al lado. Lo mejor es irse al chiringuito. Te vas muy
chulo andando, metiendo tripa para lucir tipo, y cuando llegas adónde la arena
está a ochenta grados, se te afloja la tripa, y andas más deprisa que el reloj
de un funcionario. Objetivo cumplido, ya estás en la barra. Esperas a que haya
un hueco para colocarte en la barra. Aprovechas, y ¡zas! te metes en cuanto se
da la vuelta el primer incauto. ¡Un tinto de verano!. Esto si es vida. Te bebes
otro. El paraíso. Bueno, habrá que pagar. Echas mano, y ¡coño!, me he dejado la
cartera en la silla. Se lo explicas al camarero, y te dispones a volver a
quemarte los pinreles. Porque esta vez, si que te vas a quemar de verdad. Ahora
no tienes ni siquiera los pies húmedos de la arena de la orilla. Y te vas
andando de puntillas como una bailarina de ballet; pero con menos gracia, claro,
hasta la silla. Después de volver, y pagar en el chiringuito, recoges todas tus
cosas y te vas al apartamento. Adivina quién se va a duchar el último. Pues tu
imbécil, quien va a ser. Y lo malo no es eso; lo malo es que, cuando tengas la
cabeza enjabonada de champú, te empezará a salir el agua fría. ¿Y de quién te
acordarás en ese momento?, pues de tu suegra, o sea, de la madre que la parió (a
tu mujer). Piensas, ¿si hubiera adelgazado, no hubiera gastado tanta agua en
toda esa superficie?. En fin, a tratar que estos días pasen lo más rápido
posible, porque la verdad, estás deseando llegar a casa para esparcirte a tus
anchas, aunque al otro día tengas que volver a la rutina diaria de tu trabajo, y
a aguantar a tu jefe, que vendrá tan cabreado como tú de sus vacaciones.


La bailarina




Había una vez una bailarina que con sus músicos había arribado a la corte del príncipe de Birkaska. Y, admitida en la corte, bailó ante el príncipe al son del laúd y la flauta y la cítara.

Bailó la danza de las llamas, y la danza de las espadas y las lanzas; bailó la danza de las estrellas y la danza del espacio. Y, por último, la danza de las flores al viento.

Luego se detuvo ante el trono del príncipe y dobló su cuerpo ante él. Y el príncipe le solicitó que se acercara, y dijo:

Hermosa mujer, hija de la gracia y del encanto, ¿desde cuándo existe tu arte? ¿Y cómo es que dominas todos los elementos con tus ritmos y canciones?

Y la bailarina, inclinándose nuevamente ante el príncipe, dijo:

-Poderosa y agraciada Majestad, desconozco la respuesta a tus preguntas.
Sólo esto sé: el alma del filósofo habita en su cabeza;
el alma del poeta en su corazón;
mas, el alma de la bailarina late en todo su cuerpo.

Gibrán Jalil Gibrán

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